Cultural

El día en que las cruces hablan

Hay un momento en el Carnaval Huaracino en el que el ruido de la fiesta se aquieta, el tiempo parece detenerse y la fe toma el centro de la Plaza de la Soledad. Ese momento es la Misa de Cruces y, sobre todo, el rito que la sigue: cuando las cruces se levantan, se ponen de pie y el pueblo entero contiene el aliento.

Tras la misa, cada caserío, centro poblado y grupo de devotos se prepara para uno de los actos más intensos y conmovedores de la tradición: hacer parar las cruces como signo de adoración al Señor de la Soledad, en la plaza que lleva su nombre. No es solo fuerza física; es promesa, es herencia, es fe transmitida de generación en generación.

Entre todas, hay presencias que imponen respeto. Tayta Runtu llega acompañado de su hermano Awaq, desde Paria Willcahuain. Cuando llega el momento, varios cargadores se coordinan, se miran, respiran hondo… y Runtu se eleva. Mantenerlo erguido y hacerlo girar en una vuelta completa es un reto extremo: el peso se siente en los brazos, pero también en el alma. Y mientras Tayta Runtu permanece firme, Awaq cobra vida, moviéndose al ritmo de la caja, la flauta y la banda de músicos, como si la música misma fuera oración. Alrededor, devotos lloran, rezan y agradecen. Nadie está ahí por casualidad.

No muy lejos, Qutsuqanqa de Uquia se abre paso con la misma solemnidad. Su cruz, cargada de símbolos y promesas, se levanta con esfuerzo colectivo. Cada empuje, cada paso, es un acto de fe compartida. No hay espectáculo: hay devoción pura.

Junto a ellas participan imponentes y hermosas cruces de San Andrés de Huanchac, Caururu, Escalón, Cantu, Pumapalla, Eslabón de Cuarhuaz, Pumpac, Tapapuquio, Llactash, y muchas otras más. Las más grandes exigen el apoyo de muchos, pero impresiona ver cómo logran ponerlas de pie; las más pequeñas descansan sobre los hombros de un solo devoto, demostrando que la fe no se mide en tamaño.

Lo más poderoso de este día es quiénes lo sostienen: hombres y mujeres de las zonas rurales, guardianes silenciosos de una tradición que no se aprende en libros, sino en la vida misma. Ellos levantan la cruz, pero también levantan la memoria, la identidad y el espíritu de Huaraz.

Ese día, cuando las cruces quedan de pie y la plaza se llena de silencio reverente, el Carnaval Huaracino muestra su rostro más profundo: no solo es alegría, es fe que pesa, fe que duele, fe que sostiene.

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